Rodomiro, con la sabiduría de un hombre que ha visto demasiadas cosas en el barrio, concluyó:
—Dolores… este matrimonio
va a ser lo único estable en un barrio lleno de gente que no sabe ni sumar sin
usar los dedos.
En la parte norte del patio, Vittorino, que siempre hablaba como si estuviera dando una conferencia en la Universidad de Salamanca aunque solo estuviera pidiendo una caña, observó el beso de Rumualdo y Elba con gesto pensativo. Se acercó a Débora, su pareja de baile, y dijo:
—Querida Débora, lo que acabamos de presenciar es un fenómeno antropológico fascinante.
Débora rodó los ojos. —Vittorino, por favor, no empieces.
Pero ya era tarde. Vittorino estaba en modo filósofo.
—El beso de Rumualdo —continuó— es la representación perfecta del caos emocional contemporáneo. Un beso triangular, un beso sin eje, un beso sin propósito. Un beso que nace no del amor, sino del despecho. Es, en esencia, un beso que no debería existir.
Débora suspiró.
—Vittorino, cariño, ¿puedes
bailar sin analizar la vida de los demás?
—No puedo —respondió él, con gravedad—. Porque lo que hemos visto es la manifestación pura del Mentecato Existencial. Rumualdo no besó a Elba. No. Rumualdo besó su propia frustración. Besó su incapacidad de ser un triángulo o polígono emocional estable. Besó… su vacío interior.
Débora lo miró fijamente.
—Vittorino, si sigues así, te beso yo para que te calles.
Vittorino se quedó callado. Por primera vez en la noche. Y Débora sonrió, satisfecha.
Desde el aire ensordecedor por la música de fiesta, el globo‑pepino, que se había escapado antes en busca de una vida mejor, decidió regresar. Pero no por nostalgia. No por cariño. No por Rumualdo. Regresó por venganza. Flotó sobre la pista de baile como un presagio absurdo. La gente lo miraba, confundida.
— ¿Ese globo no se había ido? —preguntó Macuni.
—Sí —respondió Alan—. Pero parece que ha vuelto con mala leche.
El globo descendió lentamente, como un meteorito ridículo.
Rumualdo, que estaba intentando esconderse detrás de una mesa de churros, no lo vio venir. El globo se colocó justo encima de su cabeza. Se detuvo. Tembló. Y…
¡PLOF! - Explotó.
Una lluvia de agua con olor a chicle barato cayó sobre Rumualdo como una bendición maldita.
Elba, desde lejos, gritó: — ¡Eso te pasa por besar sin mirar, triangulito!
Rumualdo quedó empapado, pegajoso y oliendo a chicle de feria caducado. Don Bigotes pasó a su lado, lo olió y se alejó con cara de asco.
A un lado del portal 6, la farola, pobre farola, llevaba toda la noche sufriendo. Primero se apagó cuando Rumualdo intentó apoyarse en ella. Luego cuando el gato lo amenazó. Y ahora… ahora no podía más. Cuando vio a Rumualdo empapado en agua de globo‑pepino, oliendo a chicle barato y con cara de tragedia geométrica, la farola decidió que había llegado a su límite emocional. “Yo hasta aquí he llegado”, pensó la farola, que ya había visto demasiadas cosas esa noche. Y se apagó. Otra vez. Por tercera vez. Por pura vergüenza ajena. Un perro ladró como si también estuviera harto. La gente aplaudió.
El DJ S.O.S. anunció: — ¡Y la farola se rinde oficialmente! ¡No soporta más drama!
Y el barrio entero siguió celebrando. Rumualdo suspiró, preguntándose si existía algún rincón del planeta donde nadie lo conociera. Mientras intentaba recomponer su dignidad pegajosa, en el escenario se preparaba otro tipo de tragedia: la literaria.
Para hacer el cierre de la
fiesta, Vittorino que era de los organizadores desde los inicios, decidió
compartir con el barrio a la premiada de literatura escolar de ese año,
otorgado a su ahijada y sobrina “Pippa
Mascaba Cable”, la pequeña que ya
estaba preparada con el micrófono en mano,
subió a la tarima. En el escenario
solo había espacio para el DJ con su mesa de mezcla y, al otro lado, la zona
donde se celebraban los discursos de apertura y cierre.
—Atención, atención —anunció DJ S.O.S—: para cerrar esta memorable fiesta…tenemos sobre el escenario principal a Pippa Mascaba Cable.
La chiquilla de 9 años subió como si la fuesen a nombrar reina de belleza infantil, acomodó el micrófono en el pie de micro, se acomodó la cabellera, esperó a que el Dj pusiese el sonido de fondo y comenzó a hablar. Se aclaró la voz como había visto hacer a los adultos, aunque le salió un gallito traicionero.
—Pippa: —dijo— Muy buenas noches, mi nombre es Pippa Mascaba Cable, tengo 9 años y os voy a presentar mi poema, como ganadora del premio de literatura escolar. Quiero dar las gracias a todos por dejarme compartir mi premio, he escrito un poema esta tarde, durante la celebración, espero que os guste, que por eso me han dado el premio de literatura. Quiero dar las gracias a todos, sobre todo a mi querido tío Vittorino… ¡Te quiero tío, simple the best!
En la primera línea del público estaba Vittorino, la familia de su sobrina y Débora que había bailado con este, toda la noche. Los aplausos que más se oyeron fueron los de la primera fila. Cuando terminaron los aplausos, la niña volvió a hablar.
—Pippa: el poema se llama: El Rectángulo Mentecato
La chiquilla terminó de recitar (esto en boca de una niña de 9 años es oro puro), y Vittorino, orgullosísimo, aplaudiendo como si fuera Shakespeare.
Una señora del público murmuró: "Pues yo a los nueve años solo sabía rimar ‘casa’ con ‘taza’".
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Escrito por Kreativa77 - YKBR / serie CK- 2026 / Prohibida su reproducción sin previo permiso del autor.
