La primavera había llegado oficialmente al Barrio de los 9 Portales, y con ella un aire fresco que intentaba —sin éxito— barrer los restos emocionales del triángulo inestable de Rumualdo. Pero la primavera no sabía con quién trataba; en ese barrio, los dramas se pegaban más que el olor a fritanga del portal 4.
Aun así, el ambiente seguía festivo. El anuncio de la boda de Berengaria y Sir Modesto había dejado a todos con una sonrisa permanente, como si el aire llevara partículas de confeti emocional.
Y en el centro de todo… Doña Clotilde, la cronista no oficial del barrio, la mujer que podía convertir un bostezo en un escándalo, estaba viviendo su mejor semana desde que descubrió que una vecina del portal 2 usaba peluca. En la panadería, en la frutería, en la cola del banco, en la misa del domingo, en el geriátrico, en el autobús, en la farmacia, en el ascensor, en el baño público del parque… Doña Clotilde repetía la historia con la precisión de un notario y la emoción de una actriz de teatro amateur:
— ¡Y entonces, hija mía, Modesto se arrodilla! ¡En plena pista! ¡Con una caja de madera tallada que parecía hecha por ángeles carpinteros! ¡Y Berengaria dice que sí! ¡Y se besan! ¡Ay, qué beso! ¡Qué beso! ¡Eso no era un beso, eso era un sacramento!
La gente asentía, emocionada.
Pero luego venía la parte que ella disfrutaba más:
—Y claro, antes de eso, el Rumualdo ese… ¡Ay, Señor! ¡Ese beso fraudulento que le plantó a la pobre Elba! ¡Un beso que parecía un accidente laboral! ¡Un beso que olía a fracaso y a chicle barato!
La panadera lloraba de risa. El frutero se atragantaba con una mandarina. El cura se persignaba por si acaso.
Doña Clotilde, orgullosa, concluía:
—Yo lo vi todo. TODO. Y si no lo cuento yo, ¿quién lo va a contar? ¡La historia necesita testigos fiables!
Y el barrio entero sabía que, para bien o para mal, ella era la CNN del cotilleo local.
El lunes por la mañana, en el geriátrico “Reposo y Rebote”, los ancianos estaban más inquietos que de costumbre. Habían oído rumores. Habían olido drama. Y querían detalles. La señora Basilia, que tenía 92 años y una lengua más afilada que una navaja de afeitar, preguntó:
—A ver, Macuni, ¿qué pasó en la fiesta? ¿Hubo lío? ¿Hubo besos? ¿Hubo peleas? ¿Hubo embarazos?
Macuni sonrió con diplomacia profesional.
—Nada de eso, Basilia. Todo muy bonito. Mucha música, mucha alegría. Berengaria y Modesto se comprometieron.
— ¿Y nada más? —preguntó Don Evaristo, que tenía 88 años y un radar para el drama mejor que el de Doña Clotilde.
—Nada más —mintió Macuni, sudando.
Elba, que estaba cambiando una sábana, tragó saliva. No quería hablar del beso. No quería hablar de Rumualdo. No quería hablar de su dignidad en coma.
La señora Basilia la miró fijamente.
—Elba, hija, ¿y tú por qué tienes esa cara de haber visto un fantasma feo?
—Estoy… cansada —respondió Elba, con una sonrisa que parecía grapada a la cara.
Pero por dentro pensaba:
“Si cuento lo del beso, estos viejos me comen viva. Me quitan la confianza, me quitan el respeto, me quitan hasta el turno de café.”
Así que calló. Calló como quien guarda un secreto nuclear.
Pero por la tarde, cuando terminó su turno, Elba tenía un volcán dentro. Un volcán emocional. Un volcán con nombre y apellidos: Rumualdo Mentecato Frío.
Se fue al bar Facundo Vicio, se sirvió un refresco y empezó a pensar en voz alta:
—Ese triangulito inestable me va a oír. Me va a sentir. Me va a llorar. Me va a… ¡ay, no sé qué me va a hacer, pero algo le voy a hacer yo!
Sacó el móvil. Marcó el 112. Y por error dramático, pidió:
— ¡Mándenme a la Guardia Civil!
Cuando los agentes llegaron, entraron al bar como si fueran a detener a un narcotraficante.
— ¿Qué ocurre aquí? —preguntó uno.
Elba, roja como un tomate emocional, señaló a Rumualdo, que estaba comiendo salchichas de gominolas rellenas de chocolate sin sospechar nada.
— ¡Ese hombre me ha robado la inocencia con un beso despechado! ¡Arréstenlo!
Rumualdo se atragantó con un cacahuete. Los agentes se miraron. Uno murmuró:
— ¿Otra vez este bar? —Sí —respondió el otro—. Aquí pasan cosas que no pasan en ningún sitio.
Esa misma noche, Don Bigotes —el gato negro de Berengaria— decidió que ya había visto suficiente. Se subió al tejado del portal 5, sacó un cuaderno que había sustraído —sin querer— de la mochila de un niño y empezó a escribir con una pluma que había encontrado en la papelería.
Título: “Manifiesto Felino Contra la Inestabilidad Humana: Caso Rumualdo”
Primer párrafo:
“Yo, Don Bigotes, gato negro, guardián de Berengaria y observador profesional del desastre humano, declaro que Rumualdo Mentecato Frío es un peligro para la estabilidad emocional del barrio.”
Segundo párrafo:
“Su comportamiento errático, su geometría dudosa y su tendencia a besar sin mirar constituyen una amenaza para la paz social.”
Tercer párrafo:
“Exijo que se mantenga una distancia mínima de tres calles entre él y mi humana. Y si no cumple, procederé a arañarle el alma.”
Firmó con una huella 🐾. Luego lo dejó caer por la chimenea de un portal, donde Doña Clotilde lo encontró y lo leyó en voz alta como si fuera un decreto real.
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Escrito por Kreativa77 - YKBR / serie CK- 2026 / Prohibida su reproducción sin previo permiso del autor.