🌸Lema🌸

🌀 Aquí nadie sobra, todos somos parte del círculo.

🛋️ El hombre del sofá (6 y 7)

La pista de baile estaba en pleno apogeo. El DJ S.O.S. seguía poniendo música romántica  y narrando la fiesta como si fuera la final de un mundial, Elba aún procesaba el pisotón pedagógico que le había dado a Rumualdo, y Don Bigotes vigilaba a todos con la mirada de un juez que no perdona ni un paso en falso.

Y entonces, como si el universo hubiera decidido subir el drama a nivel telenovela sudamericana, Sir Modesto dejó de bailar con Berengaria.

Se quedó quieto. Muy quieto. Tan quieto que hasta el viento se detuvo para ver qué iba a pasar. Modesto, con su camisa de cuadros perfectamente planchada y su barba recortada con precisión de carpintero profesional, tomó aire. Un aire profundo, solemne, casi litúrgico.

 Berengaria… —dijo con voz grave, de esas que hacen temblar las vigas de las casas antiguas—. Tengo algo que decirte.

Berengaria lo miró, sorprendida. El barrio entero también. Incluso la farola, que llevaba media noche apagándose por vergüenza ajena, decidió mantenerse encendida para no perderse el espectáculo.  Rumualdo, desde su rincón, dejó de llorar por dentro para llorar por fuera. Elba, que aún tenía la esperanza de que Rumualdo la mirara, se giró hacia Modesto con la boca abierta.

Modesto se arrodilló. Sí, se arrodilló. En medio de la pista. Con la elegancia de un caballero medieval y la determinación de alguien que ha lijado muchas tablas en su vida. Sacó una cajita. Una cajita de madera tallada a mano, con detalles tan finos que parecían hechos por duendes sindicalizados.

—Berengaria —dijo, abriendo la caja—. ¿Quieres casarte conmigo?

El barrio entero contuvo la respiración. Hasta el DJ S.O.S. dejó de hablar, lo cual era un milagro comparable a ver a Doña Clotilde callarse voluntariamente.

Berengaria se llevó las manos a la boca. Sus ojos brillaron. Su corazón latió fuerte. Y entonces, con una sonrisa que iluminó los nueve portales y medio barrio más, dijo:

—Sí, quiero.

El grito colectivo fue tan fuerte que un par de palomas salieron volando del campanario de la iglesia cercana como si hubieran oído una explosión.

Modesto se levantó, la tomó entre sus brazos y le dio un beso. Pero no un beso cualquiera. No un beso de película barata. No un beso de telenovela de sobremesa. Fue un beso profundo. Un beso que parecía tener banda sonora propia. Un beso que tocó el alma de todos los presentes.

Incluso la de Elba, que recordó el beso despechado de Rumualdo y aplaudió como una foca emocionada, haciendo ruiditos involuntarios.

 — ¡Ay, qué bonito! —gritó, con lágrimas en los ojos—. ¡Así sí, hombre! ¡Así sí se besa, no como ciertos triángulos inestables!

Rumualdo sintió que su corazón se convertía en confeti. Confeti húmedo. Confeti triste. Confeti que nadie quiere recoger.

 Doña Clotilde gritó: — ¡Esto lo cuento mañana en la panadería y se paraliza el barrio!

 Virgilio, el cobrador de rentas, suspiró: —Ojalá me pagaran con emociones así.

 

Don Bigotes, desde el muro, maulló con aprobación. Traducción aproximada: “Por fin un humano que hace algo bien.”

 Y el DJ S.O.S., recuperando el micrófono, anunció: — ¡Señoras y señores, tenemos compromiso! ¡Modesto y Berengaria se casan! ¡Los triángulos inestables se quedan eliminados de la competición por KO poligonal!

El barrio entero aplaudió. Elba aplaudió más fuerte que nadie. Rumualdo… bueno, Rumualdo intentó aplaudir, pero se le resbaló la dignidad de las manos.

Rodomiro y Dolores, padres de Berengaria, estaban bailando con sus trajes a juego —tejidos por Dolores con lana reciclada de bufandas que nadie quiso— cuando vieron a Modesto arrodillarse. Dolores se quedó congelada. Rodomiro también, pero más por miedo a que Dolores lo culpara de algo.

 — ¡Ay, Rodomiro! —exclamó ella, llevándose las manos al pecho—. ¡Nuestra hija! ¡Nuestra hija se nos casa!

Rodomiro, que llevaba toda la noche intentando no pisarle el vestido a su mujer, respondió:

—Pues ya era hora, Dolores. Que entre tú, yo y el gato, nuestra hija estaba más vigilada que un museo.

Dolores le dio un codazo.

— ¡Calla, hombre! ¡Que esto es un momento sagrado!

 Cuando Berengaria dijo “Sí, quiero”, Dolores empezó a llorar como si le hubieran dicho que la lana estaba en oferta.

 — ¡Mi hija! ¡Mi hija se casa con un hombre de verdad! ¡Un hombre que sabe usar herramientas y no como esos inestables que no distinguen un martillo de un pepino! 

Rodomiro asintió con solemnidad. 

—Modesto es buen muchacho. Tiene manos fuertes, espalda recta y no habla como si hubiera aprendido español en un tutorial mal traducido. 

Dolores suspiró. 

—Y además, mira qué beso… ¡Qué beso, Rodomiro! ¡Eso es un beso! ¡No como el que le plantó el gaznápiro ese a la pobre Elba, que parecía que estaba probando si sabía a salchicha de plástico!

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