La pista de baile estaba en pleno apogeo. El DJ S.O.S. seguía poniendo música romántica y narrando la fiesta como si fuera la final de un mundial, Elba aún procesaba el pisotón pedagógico que le había dado a Rumualdo, y Don Bigotes vigilaba a todos con la mirada de un juez que no perdona ni un paso en falso.
Y entonces, como si el universo hubiera decidido subir el drama a nivel telenovela sudamericana, Sir Modesto dejó de bailar con Berengaria.
Se quedó quieto. Muy quieto.
Tan quieto que hasta el viento se detuvo para ver qué iba a pasar. Modesto, con
su camisa de cuadros perfectamente planchada y su barba recortada con precisión
de carpintero profesional, tomó aire. Un aire profundo, solemne, casi
litúrgico.
Berengaria lo miró, sorprendida. El barrio entero también. Incluso la farola, que llevaba media noche apagándose por vergüenza ajena, decidió mantenerse encendida para no perderse el espectáculo. Rumualdo, desde su rincón, dejó de llorar por dentro para llorar por fuera. Elba, que aún tenía la esperanza de que Rumualdo la mirara, se giró hacia Modesto con la boca abierta.
Modesto se arrodilló. Sí, se arrodilló. En medio de la pista. Con la elegancia de un caballero medieval y la determinación de alguien que ha lijado muchas tablas en su vida. Sacó una cajita. Una cajita de madera tallada a mano, con detalles tan finos que parecían hechos por duendes sindicalizados.
—Berengaria —dijo, abriendo la caja—. ¿Quieres casarte conmigo?
El barrio entero contuvo la respiración. Hasta el DJ S.O.S. dejó de hablar, lo cual era un milagro comparable a ver a Doña Clotilde callarse voluntariamente.
Berengaria se llevó las manos a
la boca. Sus ojos brillaron. Su corazón latió fuerte. Y entonces, con una
sonrisa que iluminó los nueve portales y medio barrio más, dijo:
—Sí, quiero.
El grito colectivo fue tan fuerte que un par de palomas salieron volando del campanario de la iglesia cercana como si hubieran oído una explosión.
Modesto se levantó, la tomó entre sus brazos y le dio un beso. Pero no un beso cualquiera. No un beso de película barata. No un beso de telenovela de sobremesa. Fue un beso profundo. Un beso que parecía tener banda sonora propia. Un beso que tocó el alma de todos los presentes.
Incluso la de Elba, que recordó
el beso despechado de Rumualdo y aplaudió como una foca emocionada, haciendo
ruiditos involuntarios.
Rumualdo sintió que su corazón se convertía en confeti. Confeti húmedo. Confeti triste. Confeti que nadie quiere recoger.
Don Bigotes,
desde el muro, maulló con aprobación. Traducción
aproximada: “Por fin un humano que hace algo bien.”
El barrio entero aplaudió. Elba
aplaudió más fuerte que nadie. Rumualdo… bueno, Rumualdo intentó aplaudir, pero
se le resbaló la dignidad de las manos.
Rodomiro y Dolores, padres de Berengaria, estaban bailando con sus trajes a juego —tejidos por Dolores con lana reciclada de bufandas que nadie quiso— cuando vieron a Modesto arrodillarse. Dolores se quedó congelada. Rodomiro también, pero más por miedo a que Dolores lo culpara de algo.
Rodomiro, que llevaba toda la noche intentando no pisarle el vestido a su mujer, respondió:
—Pues ya era hora, Dolores. Que
entre tú, yo y el gato, nuestra hija estaba más vigilada que un museo.
Dolores le dio un codazo.
— ¡Calla, hombre! ¡Que esto es un momento sagrado!
Rodomiro asintió con solemnidad.
—Modesto es buen muchacho. Tiene manos fuertes, espalda recta y no habla como si hubiera aprendido español en un tutorial mal traducido.
Dolores suspiró.
—Y además, mira qué beso… ¡Qué
beso, Rodomiro! ¡Eso es un beso! ¡No como el que le plantó el gaznápiro ese a
la pobre Elba, que parecía que estaba probando si sabía a salchicha de
plástico!
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Escrito por Kreativa77 - YKBR / serie CK- 2026 / Prohibida su
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