La Fiesta del Barrio de los 9 Portales estaba tan animada que hasta las farolas parecían bailar, aunque probablemente era solo que el electricista había conectado los cables como si jugara al Twister con voltios. Los vecinos iban y venían entre puestos de comida, música estridente y un castillo hinchable que llevaba tres horas intentando devorar a un niño sin éxito.
Y entonces apareció Rumualdo Mentecato Frío, emergiendo entre la multitud como un error de fábrica que nadie tuvo valor de devolver. Llevaba su chaqueta de terciopelo sintético, que brillaba como si hubiera sido confeccionada con la piel de un sofá barato y la dignidad perdida de un vendedor de enciclopedias. En una mano traía un globo con forma de pepino —nadie supo por qué— y en la otra, una servilleta donde había escrito su declaración amorosa. Con rotulador permanente. Y faltas de ortografía permanentes también. De pronto la vio. Berengaria, sola junto al puesto de churros, iluminada por una bombilla que parpadeaba como si estuviera tratando de advertirle: “Corre, muchacha. Corre como si te persiguiera un diccionario.”
Rumualdo sintió que era su momento. El universo, pensó él, le estaba diciendo: “Ve, Rumualdo. Ve y arrímate a alguien.”
Se acercó con su paso característico, ese que recuerda a un pato mareado intentando caminar sobre un teclado. Carraspeó como si fuera a recitar un poema épico y soltó:
—Berengaria… yo… mi oro peso vale porque es igual a base por altura dividido entre dos.

El barrio entero siguió celebrando, ajeno al drama geométrico. Rumualdo, en cambio, se quedó allí, con su globo‑pepino y su servilleta‑manifiesto, intentando entender en qué momento de su vida se había convertido en un polígono emocional.
Tras el corte verbal de Berengaria, Rumualdo quedó tan quieto que un turista despistado intentó usarlo como poste para atar su bicicleta. El globo‑pepino, sintiendo que era el único con dignidad en ese dúo, decidió escapar flotando hacia el cielo, no sin antes mirar a Rumualdo con pena, como diciendo: “Hermano, yo también he tomado malas decisiones, pero jamás tan malas.”
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