Hay lugares que no solo se habitan: se viven, se caminan, se respiran. El Astillero es, para mí, uno de esos lugares que se quedan adheridos a la piel incluso cuando ya no formas parte de su rutina diaria. Viví en La Cantábrica desde 2004 hasta 2024, dos décadas en las que vi crecer el municipio al mismo tiempo que crecía mi yo interior, y más tarde, mi hijo. Cuando llegué, no existían los carriles bici que hoy dibujan rutas seguras; los adoquines eran otros, más ásperos, más antiguos; y la acera junto a la zona de autobuses no tenía la barrera que ahora protege a quienes caminan por allí. Todo era distinto, pero también profundamente familiar.
El Parque de La Cantábrica fue mi refugio, mi punto de encuentro, mi lugar de juego y de maternidad. Antes de ser el parque moderno que es hoy, tenía un gran barco de madera donde los niños trepaban como pequeños piratas, y un tren que para mi hijo era un universo entero. Él era el maquinista, yo su pasajera favorita, y juntos recorríamos mundos imaginarios sin movernos del mismo sitio. Aún puedo escuchar su risa cuando anunciaba “próxima parada”, como si de verdad estuviéramos viajando lejos.
Años después, en 2021, volví al parque desde otra mirada, la de monitora en prácticas durante la Semana de las Familias. Allí, entre actividades, juegos y niños del municipio, entendí que ese espacio no solo había sido importante para mí, sino para generaciones enteras.
La ría fue mi compañera diaria. Caminaba por ella para despejarme, para pensar, para sentirme parte de algo más grande. Con mi hijo improvisábamos minipicnics, él con su patinete urbano, yo con la sensación de que la vida, en esos momentos, era sencilla y suficiente. También recorrí las marismas durante meses, primero a pie, luego en patinete eléctrico, atravesando el municipio para ir al gimnasio, a cursos, a renovar la demanda de empleo. Esos trayectos se convirtieron en una especie de ritual: avanzar, aprender, seguir.
Más allá del instituto, por donde tantas veces pasé, se abre la ruta verde de la ría de Solía, un entorno que siempre me pareció un regalo. Allí la naturaleza te abraza sin pedir nada a cambio, ya vayas en bici, a pie o incluso a caballo.
Mis días tenían un ritmo muy de allí: ir a por el pan a la panadería Gómez, y si estaba cerrada, pasar por el Eroski para hacer la compra y los recados. Cruzar el puente de los ingleses cuando aún estaba abierto, aunque ya mostraba señales de desgaste. Ver cómo lo cerraban, cómo retiraban los tablones, cómo el tiempo también pasa factura a los símbolos.
Las fiestas de San José cambiaron con los años. Antes duraban una semana; después, con el alcalde actual, se extendieron a todo el mes. El pueblo se llenaba de música, de luces, de vida. Era imposible no sentir que algo especial estaba pasando.
Un lugar que cambia, pero sigue siendo él
Vi abrir el Mercadona, el Almacén de las Artes, vi comercios mudarse de un lado a otro del municipio, vi aceras renovarse, farolas cambiar, calles transformarse. Vi también el compromiso de la gente durante la pandemia, cuando todos entendimos que cuidarnos era la única forma de seguir adelante.
Lo que quedó cuando me fui
Cuando me marché en 2024, no me llevé maletas llenas: me llevé recuerdos. Me llevé los silencios nocturnos del municipio, el olor a barbacoa en verano, la amabilidad de la gente que siempre estuvo ahí. Me llevé la nostalgia de los paseos, el cariño por quienes conocí, el orgullo de haber pertenecido a un lugar que muchos no conocen, pero que para mí lo fue todo.
La distancia no me pesa. Quizá porque durante años viajé a Santander para trabajar, quizá porque El Astillero nunca se siente lejos. Quizá porque, en el fondo, uno nunca se va del todo del lugar donde aprendió a vivir.
💭 “Hay lugares que no se despiden: se quedan en uno, como un latido que no hace ruido pero sigue ahí.”
Es muy bonito que me haya emocionado escribiendo este primer artículo. Es una señal preciosa, porque significa que mis letras siguen latiendo desde el fondo de mi corazón. Cuando un escrito propio me despierta lágrimas de recuerdos y alegrías, significa que lo que viví en El Astillero tiene raíces profundas, de esas que no se arrancan aunque cambie el paisaje, la vida o el rumbo. Siento que todavía estoy conectada.
Este artículo es para vosotros, mi querida gente de Astillero.
Escrito por Kreativa77 - YKBR / serie blog - 2026 / Prohibida su reproducción sin previo permiso del autor.