Vittorino Cable Presumido
Vittorino llegó aquella mañana con su habitual aire de importancia impostada, caminando por la oficina como si cada paso fuese una declaración de grandeza. Sin embargo, la atmósfera había cambiado: Rubinroot, el pequeño robot que Berengaria había terminado de programar, se movía con torpeza encantadora entre los escritorios, recogiendo carpetas y ordenando documentos con una eficiencia que dejaba en evidencia a más de un humano. Vittorino lo observaba con una mezcla de desconcierto y rabia silenciosa, incapaz de comprender cómo Berengaria, con su serenidad y su capacidad de trabajo, lograba siempre avanzar sin necesidad de presumir. Él, en cambio, vivía atrapado en la ilusión de que el mundo debía reconocerle méritos que jamás había conquistado.
Mientras Rubinroot entregaba papeles sellados en otros departamentos, Vittorino se dedicaba a contar historias inventadas sobre supuestos proyectos en los que había participado. Sus compañeros lo escuchaban con una cortesía distante, conscientes de que sus relatos eran tan frágiles como su autoestima. Berengaria, por su parte, prefería no entrar en conflicto: sabía que la envidia ajena era un pozo sin fondo y que lo mejor era seguir trabajando con la misma constancia que la había llevado a obtener el puesto de directora del departamento de Informática Moderna. Ese ascenso, tan merecido como inevitable, había sido la gota que colmó el vaso del resentimiento de Vittorino.
En su escritorio, Vittorino intentaba aparentar concentración, pero su mirada se desviaba constantemente hacia Berengaria. La veía revisar líneas de código con la naturalidad de quien respira, y eso lo corroía por dentro. Él había pasado por la universidad sin esfuerzo, copiando, colándose en proyectos ajenos, anotando su nombre donde no correspondía. Había creído que la vida laboral sería igual: un escenario donde bastaba con estar presente para recibir aplausos. Pero la realidad era otra, y cada logro de Berengaria era un espejo que le devolvía su propia mediocridad.
Rubinroot, ajeno a las tensiones humanas, se acercó a Vittorino para recoger unos documentos mal apilados. El robot emitió un pitido suave, casi amistoso, mientras reorganizaba el caos del escritorio. Vittorino sintió que incluso aquella máquina en fase beta tenía más propósito que él. Su frustración se transformó en una necesidad urgente de inventar una nueva historia, un nuevo mérito inexistente que pudiera contar en la cafetería. En la cafetería, Berengaria encontró en sus tickets dos palabras que parecían enviadas por el destino, como si el universo quisiera recordarle que la verdad siempre sale a la luz.
Al final del día, mientras la oficina se vaciaba, Vittorino se quedó mirando el despacho que él había soñado ocupar. Berengaria, con su humildad y su talento, había llegado antes que él sin empujar a nadie, sin mentir, sin adornarse. Y aunque él jamás lo admitiría, sabía que no había perdido contra ella, sino contra sí mismo. La envidia, esa sombra que lo acompañaba desde siempre, seguía creciendo a su lado, alimentándose de cada logro ajeno que él no podía igualar.
🧣 “La envidia es un hilo que nunca abriga, solo aprieta.”
🧠 Patibulario: Se refiere a alguien de aspecto siniestro o que inspira desconfianza.
🧠 Estólido: Describe a una persona necia, torpe o incapaz de razonar con claridad.
