Berengaria y la mirada hacia su padre
Berengaria Rompe Moños siempre ha sentido que su padre es un personaje sacado de una novela que nunca se terminó de escribir. Delgada, pelirroja como él, con un amor infinito por Don Bigote y por las palabras raras que encuentra en los tickets del supermercado El Carrito del Destino o los de La Universidad de Los Sueños Rotos, ha aprendido a mirar la vida como un código incompleto. Rodomiro, su padre, es para ella, es un hombre que vive en un juernes perpetuo, duchado sin saberlo y acompañado por objetos que murmuran. Lo observa con ternura y sarcasmo, como quien contempla un programa que nunca compila pero que insiste en ejecutarse.
En su mundo de algoritmos y teclados, Berengaria traduce a su padre como una especie de IA primitiva: capaz de detectar lo invisible, pero incapaz de distinguir entre jueves y viernes. Ella lo ve sentado en el sofá, anotando pensamientos en servilletas, y piensa que su padre es como un servidor que nunca se apaga: siempre procesando, siempre conectado, aunque nadie sepa exactamente a qué. Esa obstinación la fascina y la irrita al mismo tiempo, porque vivir con él es como convivir con un bug que se niega a ser corregido.
Llegó el viernes con un ticket del supermercado, que ponía Cenceño y vio a su madre, Dolores, tejiendo una bufanda, esta vez, en colores navideños con la frase: “Rebelde… porque engordar y obedecer es para los muebles.”, Berengaria la miró y pensó que era la definición perfecta de su padre: sencillo en apariencia, rebelde en su manera de ignorar las reglas de la vida. Para Berengaria, su padre es un espejo distorsionado de sí misma. Ella programa IAs, él conversa con sofás. Ella colecciona palabras raras, él colecciona preguntas imposibles. Ambos viven en universos paralelos que se cruzan en la cocina, en el salón o en el murmullo de Don Bigote. A veces, cuando el gato se acomoda sobre la tostadora o las bufandas, y su padre se queda mirando la cortina a punto de caerse otra vez, Berengaria siente que su familia es una instalación artística: cada gesto es un símbolo, cada error es un ritual, cada palabra es un código secreto.
En el fondo, Berengaria sabe que su padre es un hombre de sofá, pero también un hombre del tiempo. Lo ve como alguien que nunca se rinde, aunque viva confundido, aunque ignore las rutinas, aunque se pierda en las servilletas. Para ella, su padre es la prueba de que la vida no necesita lógica para ser significativa. Y cada viernes, cuando su madre teje y ella descubre una nueva palabra, Berengaria sonríe y piensa: “Mi padre es un cenceño rebelde, y yo soy su hija programadora de lo invisible”.
🧣 “Rebelde… porque engordar y obedecer es para los muebles”
🧠Cenceño: Se aplica a las personas que tienen un cuerpo delgado, enjuto y con aspecto de haber sido poco alimentado.
