🟠
Capítulo 1
El sofá, la pensión y los pensamientos que murmuran
Rodomiro Rompe Cabezas era un jubilado con una pensión de 2500 euros y una habilidad que no figuraba en ningún currículum: podía escuchar los pensamientos de los objetos. El tostador le contaba sus traumas eléctricos, la lámpara le susurraba secretos de infancia, y el sofá —su nave interdimensional— le revelaba teorías sobre el tiempo circular. Rodomiro no salía mucho, pero conocía el barrio mejor que el GPS de la panadera. Traducía los silencios del vecindario en monólogos existenciales que anotaba en servilletas, y cada jueves, cuando llegaba un paquete lleno de preguntas sin respuesta, se sentía vivo.
Dolores Moños Altos, su esposa, había sido ama de casa toda la vida, pero en realidad era una filósofa textil. Tejía bufandas con frases como “Quien no se enreda, no se abriga” y “El que no se estira, se encoge”. Hablaba en proverbios, cocinaba con intuición y tenía la capacidad de detectar mentiras con solo oler el café. Aunque nunca había salido del barrio, sabía más de la vida que cualquier influencer con máster en resiliencia. Su bufanda más famosa decía: “El que no se pierde, no se encuentra.”
Berengaria Rompe Moños, hija de ambos, era una tecnóloga cum laude recién graduada. Trabajaba en una empresa de tecnología avanzada donde las IAs eran asistentes personales, terapeutas y ocasionalmente, confidentes sentimentales. Berengaria coleccionaba gritos en frascos de vidrio —gritos de emoción, de rabia, de fútbol y de parto— y palabras olvidadas que encontraba en los tickets de compra: “almorrana”, “sajón”, “melifluo”. Su habitación era un museo de lo intangible, y su mente, una biblioteca de algoritmos con alma.
Don Bigote, el gato de la familia, vivía en un estado de contemplación felina. Dormía 22 horas al día, se estiraba como si fuera un poema visual, cazaba gaviotas por la ventana cerrada y escuchaba el trajín doméstico como si fuera una ópera sin libreto. Su arenero era su templo, y su ronroneo, una crítica silenciosa al caos humano. Nadie sabía cómo, pero Don Bigote siempre estaba en el lugar exacto donde ocurría algo importante, como si fuera el editor invisible de la historia.
Una mañana cualquiera, mientras Rodomiro filosofaba con la cafetera, Dolores tejía una bufanda que decía “El que no se pierde, no se encuentra”, Berengaria analizaba el lenguaje de una IA que hablaba en verso, y Don Bigote cazaba una gaviota imaginaria con la mirada fija en el cristal, todos coincidieron en la cocina. El silencio fue tan profundo que el microondas se sintió observado. Rodomiro preguntó si alguien había visto su servilleta de pensamientos, Berengaria respondió con un grito embotellado, Dolores ofreció un proverbio como desayuno, y Don Bigote se estiró, bostezó y se fue a dormir sobre la tostadora. El sofá, desde el salón, murmuró: “Hoy será un buen día para no entender nada”.
🧣El que no se pierde, no se encuentra.
Escrito por Kreativa77 - YKBR / serie jueves del sofá 2025 / Prohibida su reproducción sin previo permiso del autor.
